En general, cuando todo es penuria y sufrimiento en el mundo (o sea siempre), y mi ánimo decae irremediablemente (es decir, cada 28 días), lo único capaz de reconciliarme con la raza humana, además del humor, son los avances en ciencia y tecnología.
Así, en vez de meterme antidepresivos y libros de autoayuda, corro a ver qué geniales inventos han surgido, aunque no pueda tenerlos. Es como hacer windows shopping, pero en las noticias de Google.
Y de entre todas las maravillas que aparecen aquí y allá (casi siempre allá), nada como un nuevo producto de Apple para provocar en mí verdaderos orgasmos tecnológicos. Como dice mi amiga Jacquie, ¿qué desayunan esas personas? ¿cómo se puede ser tan genial?
Excesiva como soy, las novedades de Mac despiertan en mí una pasión tal que me resulta muy difícil de gobernar. Mi mente se obnubila, mi respiración se entrecorta, el pulso se acelera y me invade la obsesión.
El nuevo flechazo surgió entre la MacBook Air y yo. Eso es todo en lo que puedo pensar por momentos. No me importa que no tenga entrada para CD y DVD, ni que sea más lenta que mi MacBook Pro, que es una belleza, casi nueva, perfecta y sin falla alguna… pero que desde hoy no puedo dejar de ver obsoleta y viejita.
¡Cuánta frivolidad hay en mi alma!, me digo, mientras anticipo el placer culpable de una nueva, innecesaria compra.
No sé si seré capaz de contar hasta diez, hablar serenamente con mi asesor de Mac, que prefiere herirme con la verdad que destruirme con la mentira, y decidir con la cabeza fría si mi capricho de correr a comprar una vale o no la pena.
Pero a lo que de ninguna manera me pienso resistir es a tener un iPhone.
Claro que lo he visto mil veces en fotos y presentaciones, claro que he estado leyendo mucho acerca de sus virtudes… pero también vi muchas fotos y leí muchas entrevistas con Sting, y escuché cientos de veces su maravillosa voz, lo cual no me preparó en modo alguno para la belleza de carne y hueso que tuve frente a mí hace siglos, en una rueda de prensa, y que no podía compararse con ninguna fotografía.
Así me pasó con el iPhone cuando un amigo me lo enseñó y pude tenerlo entre mis manos.
La realidad siempre supera su representación. El artefacto es perfecto y hermoso, sencillamente. Increíblemente fácil de usar, lógico como todos los productos de Apple. No hay que saber nada de tecnología para adueñarse de él de inmediato y sacarle provecho. Adiós a la molestia de andar cargando celular, Palm y MP3: el teléfono, como Dios, es uno y trino. Y si a eso agregamos su conexión a internet, la posibilidad de ver videos y de tomar y almacenar miles de fotos, y el que todo se haga con el dedo, sin botones, sin tener que usar una plumita…
El iPhone es divertido, gozoso, fácil, ligero, práctico, bello. Exactamente opuesto al curso de la política internacional. No hay palabras.
Claro, olvidaba que estamos en el tercer mundo y aquí no se puede conseguir uno, más que crackeado. Me dicen que en el segundo trimestre de este año el iPhone llegará, legalmente, como Dios manda. Esperaré pacientemente.
¿Por qué diablos no hay en México iPhones desde ahora? ¿Por qué hay guerras y hambre? ¿Por qué voy a envejecer y a arrugarme?
El mundo es injusto, sí, pero algunas creaciones humanas son simplemente maravillosas.
Y sólo por su belleza hacen al mundo mejor.
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Este texto fue publicado el 24 de enero de 2008 en El Centro. ¡Menos de cuatro años y parece una eternidad! La MacBook Air nunca la compré, de mi iPhone (ahora 4) no me despego nunca. A Steve Jobs, que Diosito me lo cuide. ¡Y pensar que de niña teníamos en casa un teléfono beige, de disco, que pesaba como 3 kilos!
¿Y para qué quieres una MacBook Air si puedes tener un iPad 2 que es más portatil, más cool y más barato? ¡Y te vuelves la envidia de todos los que no traen SU PROPIA PELÏCULA en el avión!