Parecía que los capitalinos íbamos a tener que enfrentar el día del Juicio Final, pero al final no pasó nada: no hubo huelga de microbuseros. Las 18 millones de personas que no tienen más remedio que utilizar ese transporte, y que iban a ser afectadas por su ausencia, pudieron tomar su microbús y seguir siendo afectadas… ¡por su presencia! Como en un día cualquiera, el pasado lunes muchos de estos usuarios fueron desvalijados impunemente, los más afortunados sin siquiera darse cuenta de que ya no traían cartera o les habían rajado la bolsa; muchas de las afortunadas que tomaron el micro pudieron recibir su manoseo diario; y todos por igual gozaron como cada día de pisotones, aventones y frenazos. El módico precio que se paga por el servicio incluyó, como siempre, la posibilidad de escuchar La Z a todo volumen y la siempre inenarrable experiencia de contemplar al chofer, compulsivo mascador de chicle y mentador de madres.
Por su parte, los automovilistas siguieron recibiendo las groserías de los microbuseros, su cerrones, su prepotencia y sus patanerías, y los choques diarios se dieron sin más contratiempos. En la tarde, automovilistas y peatones por igual siguieron corriendo el riesgo que representa que la considerable masa del micro se les estampara en el auto o en la anatomía, pues las unidades circularon como todas las tardes y noches sin luces. También siguieron pasándose los altos, y subiendo y bajando pasaje en segundos o terceros carriles, faltaba más.
Así pues, todos respiramos aliviados porque el servicio siguió dándose con toda normalidad, y el paro se ha pospuesto a reserva de que el Gobierno del Distrito Federal autorice el incremento a las tarifas.
Pero no se crea que todo es cuestión del sucio dinero. El noble gremio microbusero, en su afán de mejora continua, quiere tener también un “Instituto de capacitación para los choferes”. ¿Qué debería incluir dicho instituto?
Yo comenzaría con un curso de apreciación musical, para que pongan a todo volumen música más relajada, tal vez Vivaldi. Los pondría a leer un libro de civismo para que aprendieran a saludar con cortesía, a no mascar chicle tronando la boca, a bañarse antes de comenzar a trabajar, a no mirar con descaro las nalgas de las usuarias y a no escupir por las ventanillas… Luego traería a un profesor del ITAM para que les enseñe que “el pasaje” es igual a “los clientes”, quienes con su dinero permiten que el chofer perciba los ingresos que le dan de comer.
¿Ingresos insuficientes? Seguramente, pero el servicio que prestan no vale ni cincuenta centavos.
Una vez vi un documental de la BBC dedicado a los taxistas londinenses. Unos señores, muy correctos, uniformados, con corbata, peinados y rasurados, hablaban con su dicción perfecta de los muchos requisitos que debían cumplir para que se les permitiera manejar un taxi. Por ejemplo, saber manejar perfectamente bien, tener amplios conocimientos de mecánica, saberse de memoria el reglamento de tránsito, respetarlo escrupulosamente y conocer cada centímetro de la ciudad por la que transitarían. Además eran corteses y educados. No era cualquier cosa ser taxista.
Pero eso es Londres, Mai… ¡y ni te apures porque eso queda rete lejos de aquí!
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¿Alguien recuerda esa temida huelga de microbuseros, que no ocurrió? Publiqué este texto en El Centro el 14 de febrero de 2008. Hoy, a lo que menos temen los capitalinos son a estos sufridos esclavos del volante, santos hombres, si se les compara con otro tipo de personajes que nos tienen con el Jesús en la boca.
Es que antes de sentirse en la posibilidad de pedir tendrían que evaluar si tienen méritos suficientes… como bien apuntas:”…pero el servicio que prestan no vale ni cincuenta centavos…” Pero estamos en el país en que todo se puede y no pasa nada.