Eran las dos de la tarde de un sábado de diciembre, hace más de tres años, cuando contemplé la última bocanada de mi cigarro, lo aplasté después en un cenicero, y supe que nunca más volvería a tocar uno en mi vida.
Todavía lo extraño. Lo extraño más que a los días en que jugaba coleadas en el recreo de la primaria, más que a las quesadillas de dudosa higiene que fueron la delicia de mi dieta universitaria, más que los paseos en moto junto a ese joven amante perturbado, más que todo lo aparentemente inocuo, potencialmente peligroso y altamente disfrutable que he tenido en la vida, y más que a todos mis maridos y novios juntos. Fueron nada menos que 25 años de fumar. Fuera de mi familia y de mi mejor amiga, jamás he tenido un afecto tan profundo y duradero como el que me unió por un cuarto de siglo con el cigarro.
Con frecuencia, me torturaba a mí misma imaginándome que me daba cáncer de pulmón y moría en medio de un atroz sufrimiento, pero seguía fumando porque hacerlo me producía placer. Y sí, tal vez me diera cáncer, pero no era seguro que sucediera, y si sucedía al menos faltaba mucho, y yo todavía era joven, y etcétera.
Finalmente, si se me daba la gana morirme de cáncer era muy mi gusto y mi derecho, como tengo derecho al suicidio, a la eutanasia, a meterme todas las sustancias que me dé la gana y a enamorarme de un psicópata si quiero. Mi cuerpo es mío y yo soy responsable de mi salud.
Pero ese tarde sabatina del último cigarro me acababa de enterar de que estaba embarazada.
No lo dudé. Con todo el pesar de mi alma, pero con toda la convicción de la que soy capaz, apagué el cigarro para siempre. Porque yo tengo derecho a contaminarme los pulmones, pero no los de mi hijo.
Requiere un amor gigantesco por otro dejar de hacer algo dañino, pero placentero, porque le puede hacer daño a él. Requiere querer a ese otro ser más que lo que uno se quiere a sí mismo.
Yo no pretendo que los extraños que se sientan junto a mí en los restaurantes amen a mi hijo como yo lo hago, ni que el Estado quiera obligar a los ciudadanos a amarse más a sí mismos y a cuidar su salud. Estoy a favor de la despenalización de las drogas y apruebo con entusiasmo el consumo de alcohol. Pero supongo que ninguna persona medianamente civilizada aprobaría que alguien fumara opio al lado suyo si eso implicara quedar uno inmerso también en un viaje de opio sin quererlo, y dudo que haya quien apruebe que el individuo de la mesa contigua pretenda obligarlo a uno a ponerse borracho junto con él.
A diferencia de una raya de coca consumida en el baño o en una fiesta privada, o del alcohol que sólo circula en la sangre de quien lo bebe, el humo del tabaco afecta también al que ha decidido no fumar, pues tiene la mala costumbre de esparcirse por el aire y meterse en los pulmones ajenos. Esa es la diferencia. Nadie quiere prohibir la venta de cigarrillos. Los fumadores pueden fumar en sus casas, en el parque, en los balcones. Lo que no deberían hacer es llenar de humo el espacio compartido.
Finalmente, es un hecho que nadie se muere por no fumar… pero sí por hacerlo.
Esa es también la sutil diferencia entre el derecho de unos y de otros: las consecuencias de que prevalezca uno u otro son tan sencillas como mi derecho a suicidarme o mi derecho a matar a otro. No es lo mismo.
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Publiqué este texto en El Centro el 6 de marzo de 2008… y por bocona, ese mismo año, volví a las andadas luego de cuatro años de haberlo dejado “para siempre”. Sigo defendiendo, sin embargo, el derecho de los demás a no ser contaminados por mi humo. Soy adicta, sí, pero al menos, en esto, muy congruente.
Si lees en libro de Allen Carr te juro que no vuelves a fumar.. y sin sufrir.. saludos