¡Perro malo!

Mi hijo muerde. Desde luego, tiene todas sus vacunas, pero mi chiste no le hace gracia a la mamá del amiguito que se convierte en víctima de los dientes de mi pequeño de tarde en tarde. El amiguito, de tarde en tarde también, muerde a mi hijo. ¿Se trata de un par de psicópatas en potencia? Nada de eso. Sucede que a esa edad muchos niños arreglan sus diferencias o sus frustraciones a dentelladas.

No por eso me resigno a esa conducta, claro está. Cada vez que lo hace lo regaño, le digo que eso está mal, que eso no se debe hacer, que es una conducta reprobable. Lo obligo a pedir perdón, y a veces lo refundo en el “sillón de pensar” para que haga lo propio.

Le cuesta trabajo pensar, a mi pequeño, en las consecuencias que puede tener esa conducta en el futuro. No se imagina en el diván del psicoanalista, ni tronado por su novia, ni quedándose sin amigos a los 22 años. No se imagina siquiera qué le depara el kínder. Es todavía instinto casi puro, reacción instantánea. Y si no es más peligroso para el mundo es sólo por su pequeño tamaño, que no llega al metro de altura.

En definitiva, mi niño, como todos a su edad, aún no está domesticado, lo que no significa que sea malo ni su naturaleza diabólica, simplemente eso: no ha aprendido a controlarse.

Esto viene a cuento por el pobre perro Baco y el resto de los que como él, que dependen de sus dueños para no agredir a otros seres, siguiendo su instinto. Como sabemos, ciertas razas de perro requieren entrenamiento adecuado, espacio, atención y paseos para que no den rienda suelta a su naturaleza agresiva. Baco tuvo entre sus víctimas mortales a un número incierto de perros y gatos. Crímenes que quedaron impunes, hasta que atacó a la abuelita de su dueño y entonces sí se le armó tremenda bronca.

Pasó diez días encarcelado, esperando sentencia, y a punto estuvo de pasar a mejor vida. El crimen de ese pobre perro fue, justamente, su irremediable perrez, su perritud ontológica.

Casos como el de Baco conozco más de uno. En el edificio donde vive mi madre, en la planta baja, habita un ser bautizado por mi hermano como el “perro canario”: un mastín enorme y musculoso que ladra su rabia y su neurosis desde su encierro en la jardinera enrejada del departamento, que debe medir 60 centímetros de ancho por 1.20 de largo. ¿Qué tienen en la cabeza sus dueños? ¿son incapaces de distinguir entre los requerimientos de un perro de esas características y un canario?

A muchas personas les importa un pepino sus semejantes, incluso los más queridos y cercanos, no digamos los vecinos y los habitantes de países remotos. Son incapaces de ponerse en los zapatos de otro ser humano para imaginar qué se siente que lo manoseen a uno en el transporte público, que le roben la quincena con la que planeaba pagar la renta, que le tapen la entrada de la cochera o que le pongan música a todo volumen que no quiere escuchar. Así pues, ¿cómo van a ser capaces de ponerse en el lugar de un perro?

No hay perros malos. Hay personas que no deberían tener perros. A veces, son las mismas que no deberían tener hijos. ¡Dueño malo! ¡dueño malo!, dan ganas de decirles, al tiempo que les pega uno con el periódico.

Pero hay que aprender a reprimir la violencia, ni modo.

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Este texto fue publicado en El Centro el 13 de marzo de 2008. Mi hijo ya no muerde, ahora tenemos dos gatos que lo muerden a él. Desconozco el destino del Perro Canario…

One Response to “¡Perro malo!”

  1. Elisa Funke says:

    Mi nena mordió también. Y efectivamente se tiene el sentimiento de ser “mamá mala”… pero a tiempo me dijeron que era su única forma de defenderse ya que todavía no hablaba. El tiempo pasa Moni, y cuando dejan de morder, empiezan a hacer tareas en tres horas. Siempre seguirán siendo un reto para nosotras. Nada que el amor no pueda resolver… cierto?
    Me encantó tu video “I´m your man”. Lo adoré!

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