
Hace muchos años fui poeta, y en esos tiempos la poesía era para mí lo que le daba sentido a la existencia. Ser poeta significaba no sólo escribir poemas, sino leer mucho, publicar poemas en suplementos culturales, ir a lecturas. En ese momento de mi vida conocía a todos los poetas mexicanos, iba a las presentaciones de libros de poesía, leía mis textos en público…
Poco a poco me fui alejando de ese mundo. No sólo de mis amigos poetas (conservo sólo a unos cuantos), sino de los poemas mismos. No sólo de los míos, que abandoné silenciosamente: también de los poemas ajenos.
¿Fue una claudicación? Un poco hay de eso, y mucho del hartazgo de la feria de vanidades que envuelve a un gremio que uno pensaría que está conformado por sensibilidades superiores, pero que no es sino el de personas normales, con las mezquindades y envidias propias de los seres humanos de cualquier profesión.
Hace años, pues, que dejé también de ir a lecturas de poesía.
Hace mucho también que trabajo en una oficina de gobierno y que no escribo más que oficios, columnas para Chilango y alguna que otra base para licitación pública junto con miles de correos electrónicos y frases crípticas en Twitter. Nunca un poema.
Pero hace poco que estaba en la oficina me asomé a mi correo personal y me llegó una invitación a una lectura. Suelo borrarlas todas sin apenas leerlas, pero ésta era para una lectura de Tomás Segovia.
Tomás Segovia es sin duda mi poeta favorito. Mi inconclusa tesis de maestría es sobre un libro suyo. Mi único libro de poesía tiene un epígrafe de él (“Entre las sombras somos una mirada en blanco/ Para ver la ceguera que nos borra”), y tengo prácticamente todos sus libros. Lo había visto en alguna conferencia de la Facultad de Filosofía y Letras, lo había escuchado hablar sobre la traducción, de la cual es un maestro, me había incluso escrito con él por correo electrónico, pero no lo había escuchado nunca leer sus propios poemas.
Así que fui.
Ahí estaban, como antes, la luz de la madrugada, la celebración de la vida, la aceptación del paso del tiempo, que es la aceptación de la muerte, la memoria.
Decimos “luz”, “tiempo”, “muerte”, “memoria” y las palabras nos suenan a algo pesado y al mismo tiempo informe, pero en los poemas de Segovia cobran sustancia y sentido, adquieren por fin significado.
Tomás Segovia habló durante dos horas de los instantes que sus poemas atrapan. Por ejemplo, de cómo, cuando se tiene un hijo, uno comprende por fin que el transcurrir del tiempo es real, que uno ha de renunciar definitivamente a muchas cosas, dejarlas pasar definitivamente.
Eso ha de explicar la pequeña crisis personal que he tenido estos días en que vivo una mezcla confusa entre la realización y la pérdida, entre la plenitud y el atisbo de la muerte.
Tengo casi la mitad de los años de Tomás Segovia, pero he tenido un hijo y estoy desde ese día del mismo lado de la vida que él: constatando el paso implacable del tiempo, la fragilidad de lo que amamos, mi propia fragilidad.
Es decir, que esta lectura me ha ahorrado también varias sesiones de psicoterapia.
Y ahora, uno de los poemas que escuché esta noche, y que están en el libro Aluvial, de Ediciones sin Nombre:
Hubo un tiempo en que el tiempo nos trataba
Como a las bienamadas criaturas
Que él mismo había criadoDe su vigor bebíamos
En sus brazos rompíamos las puertas
E íbamos a medirnos con la vidaY a veces él en su soberanía
Nos regalaba un gajo suyo
Ponía a nuestros pies un trecho fiel de tiempo
Donde dejar sembradas
Como en un gran exilio iluminado
Unas horas redondas como toda una vidaY que ya para siempre seguirán nuestros pasos
Como una bestia fiel
Incapaz de volver a su manada
Yo tuve hoy unas horas redondas como toda una vida. Así que me voy. Tal vez pronto vuelva a escribir un poema.