En una de las escenas más geniales de una de mis películas favoritas, El sentido de la vida, del grupo inglés Monty Python, una mujer lava a mano toneladas de ropa cuando vemos a una cigüeña dajar caer un bultito por la chimenea de su casa.
Instantes después, un recién nacido se cae de entre las piernas de la mujer (que para más hilaridad es un actor vestido de señora). Exhausta, a punto del desmayo, con el delantal empapado y la greña de quien no se ha pasado el cepillo en cuatro días, ella le pide al niño que tiene al lado: “Recoje eso, querido”, y sigue lavando.
Al poco rato, su marido llega a su casa luego de un arduo día de trabajo para anunciarle a ella y a sus 63 hijos que ya no le alcanza el dinero para darles de comer, por lo que no le quedará más remedio que venderlos a un laboratorio para hacer experimentos científicos.
Los niños protestan. El padre les explica pacientemente que él y su mujer son católicos, y que por lo tanto deben tener todos los hijos que Dios les mande. Los niños cantan a coro una dulce canción que dice que cada esperma es sagrado, y así, cantando y con las manitas juntas en actitud de oración, se van en fila como mansos corderos al laboratorio donde serán sacrificados.
Recuerdo estas escenas mientras por mi ventana veo un espectacular que reza “Un bebé no sabe de leyes, pero tiene derecho a vivir”. No pienso perder el tiempo queriendo hacer entrar en razón a personas poco razonables, por lo tanto, me limito aquí a proponer otro slogan, con información que por lo visto ese tipo de personas ignoran: “Un bebé tiene derecho a vivir, pero un embrión NO es un bebé”.
A diferencia de los abogados católicos, yo sí sé qué es estar embarazada, y desde los 15 días de mi embarazo tuve ultrasonidos mensuales, así que vi a ese especie de marcianito en su cápsula espacial, inmóvil excepto por el diminuto corazón acelerado, y seguí paso a paso su transformación hasta que por ahí de sus cinco meses, y luego de que me propinara un patadón fenomenal, caí en cuenta de que ahora sí lo que había en mi vientre era un bebé. Además de eso devoré libros enteros de embriología y vi todas las fotos imaginables, desde la fecundación del óvulo por el espermatozoide, hasta el parto.
¿Cuándo un feto es un bebé? Es un proceso ininterrumpido, de dudosa frontera. ¿El óvulo recién fecundado es un bebé? No. Es un óvulo recién fecundado que con suerte terminará convertido en un bebé sano. ¿El huevo a los cuatro días de haber sido fecundado es un bebé? No. Es un remillete de células que se apiñan como una especie de racimo de uvas. ¿El embrión de doce semanas es un bebé? No, todavía no lo es.
Tampoco el polen es la flor, ni la semilla tampoco.
Los bebés lloran, se chupan el dedo y hacen caca. Los bebés son seres humanos, igual que las mujeres que los traen al mundo, y ambos tenemos derechos; los embriones, los gametos y los óvulos fecundados todavía no.
Esta es mi humilde opinión. Desde mi maternidad feliz, respeto profundamente a aquellas mujeres que no quieren, por el motivo que sea, ser madres, y apoyo decididamente su derecho a interrumpir su embarazo. También respeto el derecho de las esposas de los abogados católicos a tener todos los hijos que Dios les mande o que sus maridos quieran. Allá ellos. Nadie pretende obligar a nadie a abortar si no lo desea. Yo estoy por la tolerancia que ellos no tienen, ¡hasta mandaría poner un espectacular que dijera: “Un abogado no sabe de bebés, pero tiene derecho a vivir”!
(Sexta entrega de mi difunta columna el El Centro. Se publicó originalmente el 10 de abril de 2007, pero hoy, por los tristes motivos que todos conocemos, sigue vigente.)