Las personas interesantes solemos tener en nuestro pasado algo oscuro y desconocido para los demás, un secreto terrible que esperamos llevarnos a la tumba.
Durante mis veinte largos años de carrera editorial me he relacionado con revistas dedicadas a todo tipo de temas (desde el turismo hasta la moda) y con públicos muy diversos (desde amitas de casa hasta intelectuales). Por lo mismo, he tenido que escribir sobre los asuntos más variados y, a veces, desconocidos para mí. Desde tópicos que ignoraba por completo y además me importaban un bledo, como el cuidado de los niños o cómo cocinar un espagueti al pesto, hasta otros de los que tampoco sabía gran cosa pero al menos me parecían más interesantes (cómo funcionan nuestras hormonas o las últimas tendencias en moda primavera-verano en las pasarelas de Nueva York).
Hoy tengo que confesar que entre tanta promiscuidad editorial y reporteril no podía faltar en mi currículum la redacción mensual de… ¡horóscopos!
Hecha esta declaración, me pregunto qué me da más pena: si haber dedicado pluma tan distinguida a temas tan poco edificantes o la cara de la bola de ingenuos que creyeron que detrás de esas sabias palabras estaba Madame Turbante escrutando las estrellas.
La astrología (¿falta decirlo?) me parece uno de los ejercicios más tontos del planeta. Me cuesta mucho trabajo concebir que adultos de verdad racionales puedan creer que las estrellas “hablan” y que los destinos de las millones de personas que comparten un signo zoodiacal son idénticos; no entiendo que alguien en sus cabales piense que todos los Géminis deben desconfiar durante julio de una persona del sexo opuesto que quiere perjudicarlas laboralmente; no concibo que haya gente tan necia como para suponer que los astros pueden influir de algún modo en nuestras humildes personas.
¿Acaso nadie se pregunta en qué consiste esa influencia y cómo opera? ¿Qué significa eso de que tu “planeta regente” está en conjunción con Marte? No, al parecer nadie que crea esas cosas se plantea esas preguntas y nadie tiene una respuesta. Los astrólogos tampoco.
Y yo menos.
Cada redactor de horóscopos ha de tener su método, supongo. El mío, inventado así nomás al grito de “a ver cómo sale”, consistió en preguntarle su signo a todos mis compañeros de oficina y luego escoger una persona para cada signo. Acto seguido me dedicaba a observarlos y finalmente escribía cada horóscopo inspirada completamente en las situaciones, el carácter y las angustias que cada uno de mis compañeros estuviera viviendo.
Lo más increíble era ver cómo, a sabiendas de que esos horóscopos yo los inventaba, muchos pelaban los ojos de asombro al leerlos y luego se me quedaban viendo como si yo fuera la reencarnación de Nostradamus.
En estos asuntos de los astrólogos, adivinos y videntes, no hay peor ciego que el que no quiere ver.
A mí me choca comprobar una y otra vez la humana sinrazón, y la gente que cree en los horóscopos (no quienes los escriben, que qué culpa tienen) no deja de irritarme un poco también.
Pero que nadie me culpe: los Tauro, ya se sabe, no creemos en esas cosas.
(Otra columna publicada en El Centro en abril de 2004. Por cierto, siguen sin pagarme)
Estoy en total acuerdo, me encanta lo que escribes y como lo dices, me declaro tu admirador.
La gente quiere leer/escuchar/ver a alguien que le diga como y por que su vida es asi… y como humanos somos muy capaces de “amoldar” nuestros destinos segùn lo que nuestro horòscopo nos indique, por ejemplo, el mio hoy decìa que iba a conocer a alguien que iba a influir en mi vida y que iba a hacerme de un dinero extra con poco esfuerzo. La realidad es que conocì al nuevo novio de mi ex y el negocio formidable quedo reducido a que me devuelven el deposito de un material de pintura que encargue por que no lo tienen en existencia.
Mi conclusiòn: Los Horoscopos apestan…