Contra mis costumbres, ajenas a la celebración de fechas artificiosas y cursis, este Día del Niño fui con mi hijo y mis sobrinas a la Granja las Américas, que es de esos lugares que me gustan porque reúnen animales y niños pequeños, dos clases de seres que me fascinan por igual, sobre todo cuando están a una prudente distancia, metidos en sus corrales.
Mi criatura se podría haber enterado de cómo se produce la leche o aprender sobre la siembra de hortalizas, pero como no está en edad de esas cosas prefirió subirse como 27 veces en la resbaladilla de la casita del árbol, estuvo correteando a los patos y se sentó a comerse un bote gigante de palomitas.
Y yo, asistida por el resto de los adultos de la familia, me pude sentar a contemplar a la menuda concurrencia, adorable, impredecible, insoportable. Miraba a los animales, a los niños y a los adultos, y pensaba que los tres grupos pertenecíamos a universos distintos, a especies diferentes, incomprensibles las unas para las otras.
Yo por lo menos no entiendo (o no acabo de aceptar) que los niños de dos años hagan berrinches al menos 4 veces por hora. Berrinches porque no pueden obtener lo que quieren, porque se les quita lo que tienen, porque no pueden seguir haciendo lo que estaban haciendo, porque otro les quita el objeto con el que están jugando.
Por lo menos los niños de ahora, porque yo no hice berrinches ni a la edad de mi hijo ni más grande.
Los hago ahora.
Recuerdo, por ejemplo, cuando siendo yo niña mi padre nos hizo a mi mamá y a mí acompañarlo a dar una clase particular de ajedrez a un niño rubio que apenas me miró, y que tenía un rostro de aburrimiento insuperable.
Yo debía haber tenido por entonces unos seis años, y la dueña de la casa, una mujer joven de lacios cabellos rubios, educadísima y cordial, como le enseñaron a ser, nos mostró su casa para que no nos abrumara la espera.
Yo iba detrás, de la mano de mi madre, mirando las muchas habitaciones de ese enorme espacio donde vivían los tres, la sala de piano, la sala del bar, la biblioteca donde probablemente nadie se sentaba a leer, el cuarto de juegos del niño. Y luego nos dieron galletas y a mi madre un café y a mí un vaso de leche.
Una hora después, rumbo a mi literalmente humilde casa, quise que me comparan un pastel y mis padres se voltearon a ver con angustia, y yo adiviné que no tenían dinero para gastarlo en esos lujos. Y entonces mi madre, para distraerme, dijo Qué bonita casa, qué bonito debe ser vivir así. Y yo entonces, en vez de hacer el berrinche de rigor, me puse a llorar y entre el llanto mis padres me oyeron decir, con perplejidad evidente, ¡Yo no quiero ser una niña pobre! Y lo dije con la angustia de quien exclama ¡No quiero morir! cuando el médico le anuncia que le quedan dos meses de vida.
De modo que, cuando rumbo a casa tuvimos que parar en un Sanborns y mi hijo me pidió un pastel, señalándolo con el dedito y a punto de soltar el berrinche, yo me apresuré a comprárselo, impulsada por el peso de mis propias frustraciones infantiles.
A nuestro lado una señora gritaba porque no había pastel de chocolate, algo que según ella resultaba absolutamente inadmisible.
Resulta fascinante ver cómo, al crecer, seguimos siendo idénticos a esos pequeños tiranos, sólo que nuestros berrinches resultan menos simpáticos que los de ellos, y más peligrosos.
A fin de cuentas, no somos especies tan distintas.
(Este texto fue publicado el 1 de mayo de 2007 en mi columna de El Centro. El niño sigue haciendo berrinche, yo sigo haciendo berrinche porque Notmusa no quiere pagarme)
Recuerdo muy bien esa columna, me dio risa y ternura. Es completamente admisible hacer berrinches a cualquier edad, lo que no es tolerable es que Notmusa siga sin pagarte…
saludos!